Salgo de la gasolinera con el depósito lleno y gas a fondo. El 250, aunque viejo ya, sube de vueltas con un pequeño rugido que se convierte en un gruñido grave gracias a los escapes de competición que de milagro me homologaron. En apenas 10 segundos ya voy a velocidad “legal” y aun tengo puño para apretar un poco más. Pero calma, porque aún estamos en ciudad, y las multas son dolorosas.
En unos kilometros, la autovía comienza a despejarse de coches y puedo coger algo más de velocidad. El motor y yo agradecemos este aire extra, porque empezabamos a pasar algo de calor, yo con la chaqueta y él con los cambios de marcha. Siempre dentro de la norma, vamos los dos en busca de unas carreteras no tan monótonas, y en el kilómetro 32 salimos de la principal para coger una secundaria algo más retorcida. Me cruzo con otros jinetes y con sus monturas, y el saludo es obligatorio. Muchos van en grupos… Es todo un espectáculo verlos, casi en formación. Atravieso un par de pueblos y subo un montecillo con algunas curvas en las que el venerable 25o se porta como un jabato. Parece mentira que conmigo encima, que no soy precisamente pequeño, tenga tanta alegría.
Superado el montecillo, en la bajada tengo que andarme con mil ojos, porque el asfalto está cuarteado y tiene baches, y aunque voy con prudencia, un hoyo mal tomado y voy a las encinas. Llego a otro pueblo, conocido por sus vinos con denominación de origen y ya cerca de mi llegada, me lo tomo con calma y vuelvo a entrar en la autovía, y en apenas unos minutos ya estoy en casa.
En total, 108 km, no demasiados, en más o menos una hora y 10 minutos. Podrían haber sido la mitad, tanto en tiempo como en kilómetros, pero tenía que darle un pequeño homenaje a mi moto. Es posible que no vuelva a rodar nunca más, por que la semana que viene, entrará una nueva caballería en mi garaje. Los 2 cilindros se harán 3, y el pequeño, que no escaso, motor de 250 cc. se cambiará por un mucho más potente 1050 cc.
Por un lado, me alegra el cambio a una moto mayor y más adecuada a mi tamaño y mis intenciones, pero me apena dejar a mi pequeña maestra: la moto con la que he pasado los 2 años de limitación desde que volví a cogerle el gusto a las 2 ruedas. Con ella he tenido mis pequeñas caidas y roces, pero tambien me ha llevado al trabajo rápido si tenía prisa, he subido y he bajado a Madrid, de día y de noche…
Se merecía una última salida a la carretera, una última vez.