Acabamos ya con la crónica de mi viajecito a Boí Taül con la panda de preadolescentes del instituto de mi hermano. Realmente, podría contar muchas anecdotas, pero no tengo espacio ni tiempo para ponerlas todas, así que voy con la última entrada:
Tras la primera toma de contacto con la nieve, y las primeras caidas, tanto el tiempo como las ganas fueron a mejor. El segundo y el tercer día fueron muy bueno, y pese a que en las cotas más altas hacía bastante viento (normal a 2500 metros de altura, supongo) se podía esquiar en casi toda la estación, exceptuando la cota máxima. Me quedé con ganas de bajar por una pista roja que va desde el pico Falcó al telesilla de Resort Express en la cota 2000. En general, la estación está muy bien, aunque mi preferida sigue siendo Cerler.
Las noches en el hotel siguieron con la tónica habitual que comenté en la anterior entrada: una pugna por meter a los mozos y mozas en sus respectivas habitaciones y que se mantuvieran en silencio a partir de las doce de la noche. Pero tengo que reconocer que los que mayor barullo armaban eran los alumnos de un instituto de Valencia, y que alguna vez fueron los chavales de nuestra excursión los que llamaban la atención a los otros por el ruido que montaban.
Tengo que hacer mención especial a la organización del viaje por su magnífico trabajo y por lo bien planeado que estaba todo: la subida a pistas, las clases de esquí o snow, las actividades por la tarde/noche para entretener a las “fieras”. Hubo de todo: bailes nocturnos, fiestas de pijamas (SFW, que ya van los adolescentes con las hormonas suficientemente revueltas), fiestas del “amor”, incluso un concurso de Singstar en el que participé: mi sentida interpretación de la Bomba de King Africa provocó el delirio entre el público. (Y un alúd en la estación, todo hay que decirlo.)
Por la parte negativa, que no todo iba a ser de color rosa, tengo que apuntar sólo una cosa: las habitaciones eran pequeñas, ya que estaban pensadas para 2 personas en vez de cuatro. Nos tuvimos que apañar con 2 camas pequeñas y un sofá cama. Además, apenas teníamos hueco para guardar las maletas, y en el armario no pudimos meter nada más que la ropa de calle, las equipaciones de esquí las tuvimos que meter en el baño. Es quizás el único lunar en el viaje. Eso, y que por culpa de una maleta demasiado apretada se me rompieron las gafas de ventisca y la pantalla de la videoconsola portatil que me llevé para el viaje. Pero esto último fue culpa mía.
En definitiva: disfruté mucho con la semana de asueto en la nieve, aun con la condición de ir como “monitor” y tener que poner alguna que otra cara larga para controlar a los chavales. (Pocas, la verdad es que son buenos chicos, y más que respeto, mi cara lo que da es risa.) Espero no haber aburrido a nadie con mi relato, de los pocos lectores que tengo.
Un saludo a David, Santiago y Jesús. Lo siento chicos, pero os cayó el Gordo.