Hoy he ido a votar.
Las elecciones europeas, pese a lo que dicen los políticos y los medios, a mi me han parecido lo mismo que las anteriores elecciones generales, o las locales y autonómicas… 3 meses de publicidad electoral no deseada (vamos, lo que se suele llamar spam), 20 días de campaña en la que los contrincantes no venden más que humo, o como mucho llegan a el ataque al contrario (pero flojito, que luego hay que hacerse fotos juntos, y hay que salir con buena cara), un día de “descanso y reflexión”… y el gran día. Llegar, dar el DNI, meter el sobrecito en una urna, y para casa. Después viene el jaleo de resultados provisionales, participación y victorias que dura más o menos 4 días. No puede faltar el toque anecdótico como el del señor que va a votar con el DNI de su hermano, o la señora que se dejó la papeleta en casa y no quiere cojer una de las de la mesa “por que no es la suya”.
Y pese a que en esta ocasión los candidatos no me hacían ninguna gracia, los programas de los partidos principales me parecían igual de insulsos y desmoralizantes, y el objeto de las elecciones era algo tan difuso y tan lejano como el Parlamento Europeo, (en plena meseta manchega, Europa se queda en las cada vez más pequeñas ayudas agrícolas), yo he ido a votar. Es un derecho, un deber, y por lo menos ves a los vecinos, que siempre se ponen de punta en blanco para ejercer la democracia. Porque como las cosas importantes, siempre tocan en domingo. Yo, para compensar, he ido en pijama.